Miedo al miedo


El miedo habita en el cuerpo; tiene bases corporales. Sin embargo, nombrarlo, a menudo se hace difícil, ya que el miedo no siempre se muestra de manera obvia y visible.

A veces el miedo es inconsciente, está ta pa do de tal forma que no se ve, sino que se diluye en las profundidades de nuestra existencia… Sobre todo sabemos que ese miedo inconsciente está ahí cuando nos sorprende apareciendo con toda su viveza y crudeza. El miedo y todas sus variantes, que comprenden el susto, el temor, el pánico y el terror, son emociones frías, ya que corporalmente nos repliegan hacia el interior. Cuando tenemos miedo encogemos el cuerpo, nos retiramos, nos recogemos en nosotros mismos, nos replegamos… El cuerpo se acoraza, limitando su capacidad expansiva y disminuyendo la respiración, para no sentir. Hay una disminución de la percepción del mundo exterior, un “embotamiento” de los sentidos y se genera un bloqueo emocional además de crearse un bloqueo o tensión muscular que mantiene una especie de armadura corporal de defensa.

El miedo y sus variantes se suelen clasificar dentro de las emociones de huída y paralización, ya que las respuestas básicas ante ellas son luchar o atacar, huir o quedarse paralizado. Sin embargo aunque nos lleven espontáneamente a esas respuestas, como seres humanos tenemos la capacidad de encauzarlas mediante los procesos racionales y volitivos. La razón y la voluntad no es que eliminen el miedo, pero nos permiten plantarle cara. Buscar y experimentar las raíces profundas del miedo, temor, pánico, terror es lo que va a favorecer la armonía y la satisfacción en el existir. El miedo desciende cuando afrontamos lo que tenemos miedo ya que si no tuvié- ramos miedo haríamos exactamente lo que queremos hacer.

Haz una lista de tus miedos. Date cuenta de cómo reaccionas a ellos. Analiza la causa que los hace surgir y busca maneras más adaptativas de hacerles frente.

EL MIEDO EN EL CUERPO

El miedo se manifiesta a través de gestos, expresiones y posturas corporales. Muchas veces actitudes posturales como el vientre metido, los hombros subidos, los ojos muy abiertos, la dificultad en sacar el sonido o el grito, el cuerpo echado hacia atrás… indican que el cuerpo tiene miedo o ha guardado el miedo en su interior. Nuestra voz cambia con el miedo; hablamos con más rapidez pero nos trabamos con las palabras, hablamos con voz temblorosa o incluso tartamudeamos o no nos salen las palabras y además el tono es más agudo o incluso chillamos. La tensión que sentimos en la garganta tensa las cuerdas vocales, las cierra y el sonido se hace más agudo.

El grito nos permite liberar tensión, pudiendo ser de gran ayuda para afrontar la situación; nos ayuda a centrar las energías disponibles en ese momento y además puede ser una llamada de socorro hacia las personas que están alrededor. A su vez un grito desgarrador ante una situación de alarma puede incluso amedrentar a quien nos amenaza, puede asustarle.

Otras veces el miedo y la ansiedad producen un nudo en la boca del estómago, el vientre esta metido y la persona acaba vomitando.

Además en el miedo nos tiemblan las piernas y perdemos el enraizamiento, dejando de tocar el suelo y la sensación de seguridad que éste nos transmite. La mandíbula, que para muchos expresa la voluntad, comienza a temblar y castañean los dientes. Ante una situación de alerta, como la que se produce cuando sentimos miedo, el cuerpo reacciona liberando más cantidad de azúcar a la sangre para poder utilizarla en caso de necesitar el movimiento para la lucha o la huida, y por el mismo motivo aumenta la circulación sanguínea, la frecuencia de los latidos cardíacos y la respiración.

Todo se prepara en el cuerpo para aumentar la fuerza muscular ante la acción a realizar. Cuando te encuentres en una situación que te provoque miedo, ansiedad o angustia observa la respiración. Aunque te cueste, lleva toda tu atención a la respiración. Cuando observamos la respiración ésta tiende a hacerse más profunda. Pon atención a expulsar el aire de la forma más lenta y prolongada posible.

Esto te ayudará a que no te lleve el miedo o la ansiedad. Si el cuerpo está muy tensionado, respira hondo y visualiza que dispersas a través de la respiración profunda la tensión física o cualquier otro malestar. Observa en ese instante también cuales son tus pensamientos irracionales que acompañan a la emoción o qué es lo que está generando tu estado de ansiedad a nivel mental.

LA NEGACIÓN

Con mucha frecuencia sufrimos mucho más porque queremos desesperadamente que el miedo se vaya que por el miedo en sí mismo y esto empeora la situación. Otras veces lo negamos y nos decimos que no pasa nada mientras declaramos también a los demás que todo va bien. Esta negación del miedo que vivimos hace que el miedo mismo aumente. Podemos aceptar el miedo como primer paso para buscar la salida. El miedo disminuye cuando es expresado ante otras personas, cuando aceptamos nuestra vulnerabilidad y la compartimos con los demás.

   

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